Emilio Hernández Valdés (1943-2009)

  • Posted on 14th March 2009
Emilio Hernández Valdés (1943-2009)

Emilio Hernández Valdés (1943-2009) era un amigo de la Escuela de Letras: memorioso, alegre y ocurrente, noble, generoso, inquisitivo, fumador y cafetero,  sensible, apasionado,  un cubano criollo. Al graduarse de Letras -promoción de 1967- impartió clases de Literatura Francesa en la muy gris Escuela de Lenguas Modernas.

Hasta que llegó un dí­a en que lo purgaron, injusta y malévolamente, acusado de participar en unas “actividades contrarrevolucionarias” que nunca se probaron. Lo interrogaron, lo “circularon” y le colocaron su “letra escarlata”.

Tuvo que ejercer, con dignidad y estoicismo, los más humildes oficios, exiliado en provincias o pedaleando cada rincón de la capital.

Años más tarde, logró ejercer como traductor literario y editor y mereció así­ el reconocimiento de sus colegas, de los autores y de las instituciones del ramo por su profesionalismo y rigor. Hoy lo recordamos, en estas fotos, con aquella intranquila y alegre energí­a que desplegara en los trabajos sociales en la Sierra Maestra, tiempos de ilusionada juventud, y con su tenacidad esperanzada por mejorar el destino, en su último viaje a República Dominicana. Es otro amigo que se fue sin conocer cómo acabarí­a la historia.

Pulsen aquí­ para leer un artí­culo de Amir Valle, en el blog de Emilio Ichikawa, donde también se le recuerda.

Emilio Hernandez-recien

This article has 3 comments

  1. Iván Pérez Carrión
    Sunday 15 March 2009, 10:08 am |

    Emilio José Hernández Valdés

    Tuve el honor y la dicha de atender a Emilio, hasta dónde él lo quiso, porque fue muy respetuoso del tiempo de sus amigos, en los últimos capí­tulos de su vida aquí­ en Santo Domingo.
    Vino por un contrato de trabajo. Ya no se sentí­a bien de salud y estaba solo. La soledad tuvo un paliativo importante: su trabajo, que como excelente profesional, rápidamente le ganó el cariño y deferencia de sus nuevos –y últimos– compañeros de trabajo, en el Archivo Nacional de la Nación.
    Lo invitamos a casa muchas veces, y fueron más las que no acudió, temiendo ocupar demasiadas horas de nuestro tiempo libre los fines de semana, con su alegato favorito, su defensa, de que no querí­a “molestar”, que nosotros –Juana de los Milagros, mi esposa, y yo– trabajamos mucho (es cierto), y que tení­amos que descansar.
    Lo que nunca quiso admitir, por su modestia, fue que compartir con él era una de las mejores formas de convertir el descanso en tiempo útil: para nosotros, emigrados hace algo más de una década, eran viajes conjuntos en el tiempo, rescatar un inventario inagotable, un recorrido por viejas imágenes de amigos, de otros no tanto, vivos o no; era rememorar momentos escapados, una época pasada, y por eso, menos dolorosa cuando de momentos dignos de olvidar se trata.
    No obstante, en ese único año que estuvo aquí­ compartimos prolongadas tandas en casa, porque se nos escurrí­a el tiempo entre anécdotas compartidas con Emilio, y su discurso, amplio y preciso a la vez. Todo el que lo haya conocido recordará sus grandes dotes de conversador, su ilustración, sus inevitables observaciones.
    Y me tocó –con amigos y compañeros del que serí­a su último centro de trabajo; con Mayra Rodrí­guez, su muy querida amiga que al igual que nosotros también cambió La Habana por Santo Domingo para aprovechar mejor ese tiempo que vuela– atenderlo y despedirlo, después de ese año único en el que brilló aquí­ con sus servicios, hacia su ciudad de siempre.
    Nunca me he visto en una situación semejante; tener que despedirme de un antiguo afecto, recuperado y perdido en circunstancias tan tristes.
    El dí­a de su partida, apenas una hora antes, agobiado por el dolor, pero más porque sentí­a que “les estoy creando muchos problemas” –como me murmuró a solas en la sala del hospital desde el cual fue trasladado en ambulancia al aeropuerto–, atiné a decirle: “Cálmate, ayúdate un poco más, porque vas a llegar vivo a La Habana. Me cuentas el viaje en un email”.
    Ese era en esta carrera contra el tiempo el punto principal: llegar vivo a casa. Me apretó ligeramente la mano, y en un tono amablemente patriarcal me pidió que fuera ya a atender mis asuntos.
    Supe después que el Archivo tení­a pensado extender su contrato.

  2. alguien tendrá que hacer algún dí­a la lista de canalladas parecidas, aunque sea para no olvidar a los emilio josé.
    y habrá quien diga que fueron “errores”, “malas decisiones” y “daños colaterales inevitables en la lucha contra el enemigo”.
    cobardí­as.
    y vivimos entre ellas demasiados años.
    gracias, connie.

  3. Al leer la noticia del fallecimiento de Emilio me estremecieron muchos recuerdos e emociones de aquel ambiente grisaceo de la “gris” Escuela de Lenguas Modernas. Me acuerdo del sentido de humor de Emilio y de su espí­ritu vital. Me acuerdo del asombro y de susurros miedosos de colegas que pudieran haber corrido el mismo riesgo de perder todo, como Emilio, por mera asociación u amistad con él. Me acuerdo del lema de aquel entonces : Hacer Victorias de Nuestros Reveses — que vino a ser, con tí­pico humor chabacano cubano– Hacer Reveses de Nuestras Victorias. Es este último lo que le hicieron, o trataron de hacer a Emilio en vano. En vano digo porque Emilio sí­ triunfó y superó la mas vil humillación para al fin lograr a destacarse cultural e intelectualmente. Eso sí­ muestra la fuerza y constancia del espí­ritu de Emilio Hernández. Que nos sirva de ejemplo. Que descanse en paz.